lunes, 23 de agosto de 2010

Cántico por Lebowitz, Walter M. Miller Jr., 1959. (Publicada por Sergio Mars)

En 1961, la ganadora del premio Hugo fue una obra singular, alejada de las modas literarias vigentes en ese momento. Los Hugo (mucho más que los Nebula) son un buen reflejo de las tendencias de la época en que se otorgan. Sin embargo, de tanto en tanto, surge una novela a contracorriente que es tan redonda que supera cualquier favoritismo y se alza (muy merecidamente) con la victoria. Tal es el caso de este fix-up de Walter M. Miller Jr., compuesto por tres novelas cortas, de trama independiente aunque muy fuertemente enlazadas, tanto por el marco de acción (en tres momentos históricos sucesivos) como temáticamente (conformando en su conjunto una estructura lógica única).
“Cántico por Leibowitz” es una de esas escasas obras que tratan la faceta religiosa dentro de la ciencia ficción y, aun más singular, lo hace desde una perspectiva favorable al catolicismo y a sus instituciones religiosas. ¿Queréis que aumentemos las apuestas? Pues no sólo eso, sino que además lo hace huyendo del proselitismo barato (en el que incurre a veces Card con su Iglesia de los Santos de los Últimos Días), del oscurantismo acientífico de obras como “Un caso de conciencia” (ganador el mismo premio dos años antes; difícilmente sería posible encontrar polos más opuestos en todos los sentidos) o de la ridiculización del bando opuesto (actitud en la que incurre la inmensa mayoría de obras antirreligiosas). “Cántico por Leibowitz” examina al ser humano en su dimensión ética, con personajes que defienden una moral, apoyada en principios cristianos, desde la razón (en vivo contraste con algunos ejemplos actuales). Incluso si no se comulgara (nunca mejor dicho) con estos principios, no hay ataque, sino argumentación, y los argumentos, se esté a favor o en contra de ellos, sólo pueden enriquecer una discusión tan antigua como el propio ser humano.
Además de esto, por su profundidad filosófica, la calidad del texto y el dominio de recursos narrativos, “Cántico por Leibowitz” es, juzgando según criterios estrictamente literarios (sin aplicar en la valoración baremos específicos del género fantástico) una de las mejores novelas que jamás haya ganado un Hugo.
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La carrera de Walter Miller es atípica. (Casi) Toda su producción se concentra en la década de los cincuenta, y abarca unos cuarenta relatos de distinta longitud y una única novela, ésta, compuesta en realidad por tres novelas cortas de trama independiente (aunque compartiendo temas, referencias y una evolución común), publicadas originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. “Cántico por Leibowitz” salió a la venta (serializada) en 1959 y cosechó el premio Hugo de 1961. Desde el principio, supuso un enorme éxito que, paradójicamente, puso punto final a la carrera literaria de su autor. Treinta y siete años después abordaría su continuación (en realidad, una historia intermedia: “San Leibowitz y la mujer caballo salvaje”), pero tras su suicidio en 1996 hubo de ser Terry Bisson quien terminara de pulirla para su publicación póstuma, y no alcanza ni mucho menos el mismo nivel.
Las tres partes de la novela (“Fiat Homo”, “Fiat Lux” y “Fiat Voluntas Tuas”) se corresponden a tres momentos históricos concretos tras un terrible conflicto nuclear que casi acaba con la humanidad (un tema recurrente en los años 50). Los supervivientes, traumatizados por la tragedia, culpan a los políticos por haberlos conducido a aquel horror y a los científicos por haber puesto en sus manos las herramientas que lo han propiciado. La violencia desatada conduce a la persecución de los intelectuales y a la quema de libros (la Gran Simplificación) para purgar todo ese conocimiento. En este contexto Isaac Edward Leibowitz, un científico que participó en la creación de la bomba atómica (no es difícil encontrar en él ecos de Albert Einstein), arrepentido de sus actos, viste sayo, se lo ciñe con una cuerda y funda la orden Albertiana, dedicada a preservar retazos de conocimiento para una época posterior. Esta misión, difícil y peligrosa, se cobra la vida de muchos monjes (contrabandistas de libros), al ser desenmascarados por los fanáticos. Así encuentra su muerte el mismo Leibowitz, ahorcado con su propio cinturón.
Sin embargo, por muy atrayentes que puedan ser estos años (casi todas las historias postapocalípticas se centran en ellos), Walter Miller huye de ellos y comienza su narración seiscientos años después, en la abadía que es la sede de la orden Albertiana de Leibowitz, en el medio oeste americano. El mundo ha entrado en una nueva edad oscura, y los monjes, como antes hicieran sus iguales en el medioevo, se dedican con paciencia a conservar la memorabilia, los fragmentos de conocimiento que han sobrevivido entre sus muros, copiando documentos sin comprender su significado, con la esperanza de que algún día puedan servir para facilitar el camino de retorno a la ciencia de antaño. El hermano Francis, un novicio, está en medio de su retiro cuaresmal, que lo hará apto para entrar en la orden de pleno derecho, cuando tiene un encuentro con un extraño peregrino. A resultas de éste, descubre por azar un viejo refugio nuclear que alberga lo que parecen ser reliquias del mismísimo Leibowitz. Contrariamente a lo que pudiera suponerse, este hallazgo constituye un quebradero de cabeza para el abad Arkos, pues justo por aquel entonces se está debatiendo en la Nueva Sede Pontificia la canonización del fundador de la orden, y un descubrimiento de tales características podría considerarse como demasiado “oportuno”. El fragmento nos habla de prudencia, paciencia y dedicación a una tarea que sin las dos primeras virtudes podría considerarse vana e imposible.
Seis siglos después, la situación mundial ha cambiado. Por fin, tras más de un milenio de oscuridad, se está produciendo un nuevo renacimiento. El poder bascula entre la iglesia y los imperios en potencia, y la ciencia secular ha iniciado el camino de redescubrimiento del saber perdido. Ha llegado el momento en que la memorabilia puede cumplir su función original, pero la situación es tensa y compleja. La confrontación entre religión y estado ensombrece lo que podría haber sido el momento de justificación de la orden. Thon Taddeo, un genio científico, acude a la abadía para estudiar la memorabilia. Su escepticismo inicial pronto se transforma en asombro y luego en un poco de resentimiento, sentimiento este último compartido por los monjes que, después de siglos de almacenar la sabiduría, no acaban de ver con buenos ojos el que se utilice.
Seiscientos años más tarde, el hombre ha completado el círculo y se encuentra de nuevo en posesión del temible armamento nuclear. La orden albertiana de Leibowitz se ha adaptado a los tiempos, recopilando y almacenando el conocimiento. Parece imposible que, siendo inequívocamente conscientes de las consecuencias, los dirigentes repitan los errores del pasado, pero los acontecimientos parecen precipitarse hacia un nuevo holocausto, quizás más terrible que el primero. Existe, sin embargo, un resquicio de esperanza. La colonización espacial se encuentra en sus primeros estadios. Es compleja, dificultosa y arriesgada, pero algunos hermanos podrían llevar consigo la memorabilia a otros mundos donde quizás pudiera pervivir la especie y la cultura humanas. ¿Será tan grande la estupidez del hombre como para condenarse de nuevo a la extinción? Dom Jethras Zerchi, el último abad, no alberga demasiadas esperanzas al respecto, pero se esfuerza por cumplir su misión y mantener sus ideales hasta el último momento.
Quizás lo más destacable de la novela sea el enfoque. Sería de esperar que, dada su temática, Miller optara por una visión panorámica de la gran historia de la raza humana. Sin embargo, al igual que se centra en tres momentos históricos muy precisos, también nos los revela a partir de primerísimos planos de un puñado de personajes, entre los que destacan los tres abades, Arkos, Paulo y Zerchi (un recorrido simbólico de alfa a omega), con sus dudas, su determinación, sus virtudes y flaquezas. Lejos del típico héroe postapocalíptico, son intelectuales y reflexivos, su labor requiere de contemporizar, inclinarse ante la marea de los tiempos que les han tocado vivir, pero manteniendo sus raíces bien ancladas en la memorabilia y su función, porque el conocimiento debe perpetuarse. Junto a ellos, se nos presentan otros protagonistas no menos interesantes: el hermano Francis, humilde, simple y sincero, descubridor de las reliquias del fundador; Thon Taddeo; el hermano Kornhoer, genio intuitivo de la ingeniería aplicada; el doctor Cors, con quien Zerchi disputa sobre la eutanasia; o el misterioso peregrino con el que se encuentra el hermano Francis en su vigilia, que es el único personaje que interviene en todos los fragmentos.
Como no podía ser de otro modo (la inspiración para la escritura de “Cántico por Leibowitz” provino de la participación del autor en el bombardeo del monasterio benedictino de Monte Cassino durante la Segunda Guerra Mundial), la novela es en última instancia pesimista (como buena parte de la literatura anticipativa de la guerra fría). La estructura cíclica de la historia, que nos aboca a la autodestrucción, también es un aviso. Al dejar para el final el reflejo del presente en que se escribió (un presente que no hemos superado del todo, pues la amenaza de la locura aún pende sobre nuestras cabezas), supone un grito de alarma, que lleva consigo la convicción de que no será escuchado. “Cántico por Leibowitz” no es una lectura ligera y agradable, no provoca la sonrisa (salvo quizás en momentos puntuales), pero es un reflejo muy acertado de lo que significa (para bien y para mal) ser humanos y, en última instancia, es una gran obra literaria, que ningún aficionado a la ciencia ficción, ni en general a la literatura del siglo XX, puede dejar pasar.





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