viernes, 17 de septiembre de 2010

Elegía, por Armando Bayona

Es en los atardeceres dorados de fines del verano, precisamente luego que ha llovido, cuando vuelve a agitarse en mí el dolor de su ausencia. Porque igual que aquella tarde, el brillo del sol poniente hace que todo reluzca y una infinidad de solecillos luminosos lo repitan, uno en cada gota de agua suspendida en los innumerables trozos de plástico que pueblan el mundo.
Igual que aquella tarde, sí, cuando luego de pasear sin prisas en el disfrute del aire refrescante, nos detuvimos, buscando esta roca en la que me apoyo ahora mismo, a contemplar las refulgencias de lo que un día fueron billones de bolsas de plástico y hoy trillones de confetis, tiras, parchecillos que tremolan, revolotean o se arrastran a la voluntad de la brisa. Un panorama delicioso éste, como aquél del día que le confesé mi amor. Y qué clara era su mirada cuando volvió su rostro hacia el mío y me animé por fin a besar sus labios. Sí, clara como los destellos plateados del omnipresente plástico.
Nos juramos amor eterno. Nuestras vidas se embarcaron en una aventura vertiginosa y exquisita que me resultaba difícil de creer, tan feliz me sentía. Levanté para ambos una casa, hecha con las rocas de la región, donde yo me he quedado, en medio de esta llanura donde el plástico parece ser más abundante. Será que los vientos han arrastrado hacia aquí trozos de bolsas que no se sostendrían en las laderas que forman el horizonte, que vienen quizá de muy lejos, de antiguos depósitos de basura que han quedado expuestos por el agua y la erosión, y son las bolsas de plástico lo primero que se libera y vuela a todas partes, embelleciendo el paisaje.
Dicen –no puedo imaginarlo, me repele la idea – que alguna vez, siglos atrás, hubo masas inmensas de árboles en muchas regiones de la Tierra, pero hoy todo el paisaje es suelo y rocas, con alguna hierba dispersa, que no se alza más de un par de centímetros… Y, claro, el plástico milenario, que convierte al mundo en un kaleidoscopio espléndido.
Pero estaba contando otra historia: la de ella y yo; la del amor eterno y la casa de piedra. La historia de una felicidad que duraría siempre y que de pronto ya no estaba, porque un día, demasiado pronto para mi amor que estaba tan vivo como hoy, ella me dijo simplemente que se iba, a buscar en otra parte lo que ya no tenía conmigo.
El sol ya se ha puesto, después de inflamar con todos los tonos del rosado los trozos húmedos de plástico. Así que vuelvo sobre mis pasos hacia la casa, como tantas otras tardes, con la amargura de saber que el plástico dura mucho más que el amor.

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