sábado, 9 de octubre de 2010

Hyperion, Por Carlos Perales

Hyperion, ganadora de los premios Hugo (1990), Locus (1900) e Ignotus (1991), fue escrita en 1989 por Dan Simmons, y es el primer libro de la saga Los Cantos de Hyperion. Lo recomiendo a todo el mundo. ¿Por qué? Porque es atractivo, muy narrativo, sin dejar de evocar mundos fascinantes que nos recuerdan siempre a la Tierra, la “Vieja Tierra”.

En la historia principal, desarrollada en el siglo XXVIII después de Cristo, la Tierra fue destruida en un experimento de teleportación y la humanidad se ha desperdigado por el universo, emprendiendo una Hégira a gran escala y colonizando cientos de planetas por todo el universo. Unos cuantos forman la Hegemonía, una coalición de mundos a la que cada vez van anexionándose más planetas e instaurando “teleyectores” (puertas espacio-temporales) por todo el universo. Siete ciudadanos elegidos al azar por una nueva religión llamada Iglesia de la Expiación Final deberán realizar el viaje de sus vidas: llegar a las Tumbas del Tiempo, un conjunto de monumentos ubicado en el planeta Hyperión, anteriores a la llegada de humanos a dicho planeta. Las Tumbas están protegidas por unas extrañas mareas del tiempo, que han fascinado a los científicos durante años, y por un sobrecogedor guardián: el Alcaudón. Este ser de tres metros de alto, cuerpo de metal y piel de mercurio, es un asesino orgánico-máquina recubierto de afilados aguijones metálicos, que mata sin piedad a todo aquello que esté dentro del radio de las mareas del tiempo, y tiene la costumbre de empalar a sus víctimas en su Árbol del Dolor para que sufran el resto de la eternidad. Según dicen, tiene el poder de conceder el deseo a uno de los peregrinos que viajen a las Tumbas del Tiempo... a cambio de las vidas de todos los demás.

Todos estos siete peregrinos tienen una historia que contar, algo que les relaciona con el planeta al que van: Lenar Hoyt, un cura católico que perdió a un amigo autoexiliado a Hyperión y que tuvo un contacto con el Alcaudón; Fedmahn Kassad, un coronel de la fuerza militar de la Hegemonía quien luchó codo con codo con el guardián de las Tumbas contra los exters, seres descendientes de los humanos que han evolucionado y que planean en la actualidad conquistar Hyperión; Martin Silenus, un anciano poeta de Vieja Tierra (la Tierra original) que vivió en la Ciudad de los Poetas, en Hyperión, y que gracias a la matanza del Alcaudón recobró su musa artística; Brawme Lamia, una detective privada que concedió ayuda a una recreación artificial del poeta John Keats (sí, curiosamente, el escritor del poema inconcluso llamado Hyperion); Sol Weintraub, un profesor judío cuya hija estudió las Tumbas del Tiempo y contrajo el Mal de Merlín, que hace que la chica rejuvenezca cada día, hasta el inicio/final de sus días; Het Masteen, un templario moderno (en la Hegemonía los templarios se consagran al culto de la naturaleza) del cual sabemos muy poco y un cónsul de la Hegemonía, cuyo nombre no conocemos, con un pasado muy oscuro...

Más allá del nombre de los libros (su continuación, La Caída de Hyperión, también es un poema del poeta John Keats), el autor realiza constantes guiños al poeta romántico, que nació en Inglaterra en 1795 y murió de tuberculosis en Roma en 1821. Keats toma parte de la trama de forma activa en forma de cíbrido, algo así como un cíborg, sólo que con cuerpo totalmente humano y personalidad artificial. El TecnoNúcleo (espacio no físico donde residen las Inteligencias Artificiales que ayudan a la Hegemonía) recreó varias vidas anteriores a la Hégira a partir de libros, cartas, anotaciones... de dichas personas, y fabricó cuerpos orgánicos donde alojar parte de la personalidad de estas personas de manera física (el resto quedaría guardado en el TecnoNúcleo). Así, la recreación del poeta John Keats toma parte en la historia propia historia, y es el pilar base entre la detective Brawne Lamia y el Alcaudón.

Son muchas las delicias que llevan a uno a disfrutar de su lectura: un rico vocabulario; una intrincada trama que se extiende por toda la Hegemonía: grandes dosis descriptivas mezcladas, sobre todo en el pasaje del poeta (“De cualquier modo, nací. Nací en la Tierra... en Vieja Tierra... y que le den por el culo, Lamia, si no me cree. […] Crepúsculos frágiles que pasaban del violeta al fucsia y al púrpura sobre las siluetas de crespón de los árboles, más allá del jardín sudoeste […] El silencio presinfónico de las primeras luces seguido por la percusión del amanecer”); reflexiones sobre arduas decisiones, como las del profesor, al cual se le plantea el dilema de Abraham relacionándolo con su hija y el Alcaudón, o las del cura sobre la resurrección entendida científicamente; amplia profundización de las personalidades de los personajes (desde el viejo poeta hasta el leal aunque práctico coronel, pasando por el tímido cura, el erudito profesor judío y el reservado cónsul); mucha acción, arraigada sobre todo en los recuerdos del coronel y de la detective; alusiones a la literatura clásica (el ebrio poeta a menudo recita versos de Keats y relaciona al Alcaudón con Grendel, del poema épico Beowulf) ... todo ello con un gran toque de ciencia-ficción. Curiosamente, este libro sirve casi exclusivamente de prólogo para la historia de los Cantos: nos ayuda a situarnos, a entender los personajes y preparar el universo del tercer libro, Endymion, el cual que nos sitúa dos siglos y medio después de los acontecimientos del segundo libro, La Caída de Hyperion.


Relampague

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