miércoles, 20 de octubre de 2010

AMOR DE MADRE... (por Juan de Dios Garduño Cuenca)

Tengo frío, mucho frío. Apenas hay una manta que me abriga en esta destrozada cama. La manta huele mal y está podrida y desgarrada por varios sitios.

Papá discute con mamá. Papá me golpeó en la barriga y me mandó a la habitación. Creo que ahora le está pegando a mamá. Dios, no. Me conozco ya esto. Papá le pegará y se irá durante unos días. Entonces mamá irá al puerto de Essex a prostituirse, pero antes… no, no quiero pensar en eso.

Quiero cerrar los ojos con fuerza, pensar que estoy en otro sitio. Más bonito. Un campo verde, sí. Como los que hay a las afueras de Londres. De esos que tienen miles de flores y huelen a fresco, y hay caminillos que te acercan a pequeños riachuelos donde puedes beber agua limpia. No como aquí, en la City, que huele a pescado podrido, a excrementos y siempre hay niebla, y borrachos y prostitutas.
He oído gritos, eran de mamá. También han dado un portazo, ese seguro que es mi padre que se ha marchado enfurecido. Dejándome otra vez aquí…

Con ella.

Dios, no puedo contener el temblor de mi cuerpo, ni creo que pudiera con tres mantas más encima. Sé lo que ocurrirá ahora. Lo sé y no quiero.


Una vez incluso me escapé de casa, fui a mendigar a Whitechapel pero pasé mucha hambre. Nadie me ayudaba y los tenderos me pegaban porque les espantaba a la clientela, así que tuve que volver.

Con ella.

Oigo pasos en la madera del pasillo. Me arrebujo en la manta, aunque me dé asco. En realidad odio todo lo que hay en esta casa.

Se abre la puerta, poco a poco, chirriando. Me hago el dormido, algunas veces me ha funcionado. Me concentro en hacerlo. No debo apretar los ojos o ella lo notará. Tengo que respirar profundo, incluso roncar, ella me ha dicho que ronco por las noches.

Mamá se sienta al borde de la cama. Me acaricia el pelo y me llama por mi nombre. No respondo. Estoy dormido. Hasta mí llega una vaharada de su aliento, huele a alcohol. Está borracha, como casi siempre.

De nuevo me llama por mi nombre y deja de acariciarme el pelo para moverme el hombro sin parar y con fuerza, hundiéndome sus uñas en la carne. Me dice que despierte. Le tiembla la voz y yo no quiero estar allí, prefiero estar muerto.



Tengo que abrir los ojos o me pegará, ella ya sabe que no estoy dormido. Tiene sangre en la boca y la barbilla. Me mira tiernamente con un ojo sano y con el otro morado, y cuando sonríe me muestra una dentadura imperfecta donde faltan algunas piezas. Los dientes que le quedan están teñidos de rojo.

Me repugna.

Con una mano me acaricia el pelo y con la otra agarra una botella medio vacía de ron, que se mece de un lado a otro como un barco en una tormenta.
Odio el alcohol.

Me ha vuelto a pegar, ¿sabes?, me dice mamá escrutándome en la penumbra. Asiento, no puedo hablar. El miedo me lo impide. Ojalá que no vuelva, que se enrole en cualquier barco y no le veamos más añade ella dando un trago y escupiendo al suelo una mezcla de sangre y ron. Yo asiento de nuevo. Ella sonríe. ¡No, por favor! Así es como empieza todo siempre. Cuando me dice la siguiente frase sé que estoy condenado, otra noche más. Menos mal que te tengo a ti, tú quieres mucho a tu madre, ¿verdad?, me dice. No asiento y ella me pega en la cara con el puño cerrado. Siento el dolor por segunda vez en el día. El dolor es un punto blanco en la oscuridad de la habitación. ¿Me quieres, verdad?, me pregunta borrando de su cara la sonrisa sangrienta que papá le ha dejado. ¿Tú nunca serás como ese cerdo de tu padre, no? Yo niego con la cabeza, estoy nervioso, el corazón me late muy deprisa. Mamá me insiste en que beba de la botella. No quiero pero ella me obliga, como siempre. Doy un trago y ella levanta el culo de la botella para que beba más. Me atraganto, toso, y al momento me encuentro peor, tengo ganas de vomitar pero si lo hago mamá se enfurecerá. Ella se levanta, se desabrocha el vestido y se queda completamente desnuda. Me da asco verla así, está muy delgada y sucia y tiene mucho pelo ahí abajo. Pero ella me dice que la mire y me pregunta ¿Soy bella? Yo miento, cada día que pasa me parece más horrenda. Entonces ella se echa a mi lado, arropándose con la manta. ¿Tú quieres a tu madre, eh? ¿A que sí? Siento cómo me acaricia la barriga haciendo círculos con sus dedos, sé lo que va a pasar, lo sé y la odio por ello.


Ya ha comenzado a bajar su mano y a hurgar allí abajo. Ella dice que me gustará, pero se equivoca, nunca me ha gustado y nunca me gustará. Me obliga a acariciarla. No me gusta tampoco que haga eso. Se pone encima de mí y me aplasta con su peso, y me hace daño con sus huesos. Arrima su boca a la mía y el aliento le huele fatal. Ya no es sólo el alcohol, sino que huele como la manta, todo en su ser huele a manta podrida. Te pareces tanto a tu padre, me dice al oído. Y no sé si eso ahora le parece bueno o le parece malo. Si me hace esto porque odia a mi padre o porque le ama.

Odio todo. Nadie me ayuda. Ella me pone su sexo en la boca y grita Jack, Jack, Jack que es el nombre de mi padre y no el mío.

Me pega bofetadas, aquello huele fatal y no puedo respirar, me ahogo. Pero a ella le da igual.

Entonces dejo volar mi imaginación y me imagino cortándole el cuello a mamá, de lado a lado. Me imagino a mí mismo cortándole las orejas, y la nariz y sacándole las tripas.

Por Dios, que acabe ya, pienso desde el infierno que es mi vida cada noche.
Que acabe ya.

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