¿Es buena idea enviar señales a los alienígenas? Debate en Santa Clara, durante el congreso de SETI (Search for Extra-Terrestrial Intelligence),

NOSOTROS LO DEBATIMOS PRIMERO EN LA RED. ¿casualidad? el tema parece que interesa y preocupa. De nuevo esta cuestión se debatió hace unos días en Santa Clara, durante el congreso de SETI (Search for Extra-Terrestrial Intelligence), la organización dedicada a intentar descubrir un mensaje extraterrestre, o encontrar civilizaciones extraterrestres.

Aunque todos coincidían en que la búsqueda de vida extraterrestre es una buena idea, algunos creen que enviar señales e información al espacio acerca de nosotros, sin pararse a pensar quien podría estar escuchándonos, puede ser que tuviera como consecuencia el fin de los humanos.
Tanto el escritor Robert J. Sawyer como el científico de SETI John Billingham expresaron durante el debate estar de acuerdo con Stephen Hawking en que hay una causa justificada de preocupación acerca de que formas de vida más avanzadas puedan exterminarnos. Ellos propugnan la necesidad de algún tipo de conferencia internacional para valorar el riesgo de "gritar en la jungla".

Por el contrario, Seth Shostak, astrónomo de SETI, y que realiza un programa titulado "¿Estamos solos?", se burla de la idea, considerándola paranoia.
La programación de la conferencia combinó las charlas para expertos con la divulgación popular. Hubo mesas redondas acerca de la materia oscura o la paradoja de Fermi (si se supone que hay tantas civilizaciones en el exterior ¿por qué no han contactado con nosotros?).

También dio una conferencia Andre Bormanis, consultor científico de Star Trek, que contó, por ejemplo, como vetó una idea que pretendía colocar al capitán Picard en una especie de kayak de alta tecnología, para desplazarse por el núcleo fundido de un planeta, o explicó como no era lógico que unos extraterrestres vinieran a la Tierra a robarnos el agua, porque la relación coste-beneficio sería muy elevada.
(Fuente: Mercury News)

EXPOSICIÓN STAR TREK EN VALENCIA, Por J J Arnau

Una de las más afamadas series de ciencia ficción de todos los tiempos, y que no ha parado de producir series derivadas (Espacio Profundo 9, Voyager, Enterprise, La Nueva generación, la serie animada), y que aún continúan hoy en día, además de once películas (contando el reciente reinicio de la saga por parte de J. J Abrams), presenta su exposición europea en Valencia. La primera exposición monográfica sobre Star Trek en Europa podrá visitarse hasta el 22 de febrero de 2011 en el Museo Príncipe Felipe de La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.

La muestra reúne piezas originales de la mítica serie de ciencia ficción, que fue capaz de anticipar algunos de los inventos que se exponen en el Príncipe Felipe. Inventos como el rayo láser, el TAC, el teléfono móvil o las puertas automáticas son algunos de los dispositivos que esta serie avanzó a su tiempo.

Bienvenidos a bordo, pretende trasladar al visitante al interior de la nave de la flota estelar, con una ambientación y un material audiovisual que reproduce los escenarios de la serie y las películas de la saga cinematográfica.

Un total de 10 maquetas de naves, dos de ellas de gran tamaño, 20 piezas de vestuario original, una colección de 15 cabezas de personajes, la réplica del puente de mando de la Enterprise y el simulador del transbordador espacial –diseñado para que el visitante tenga sensaciones similares a las de un transportador real, y situado en el exterior del museo-, además de otros elementos gráficos y audiovisuales, trasladan a los visitantes al universo ideado por el creador de Star Trek, Gene Rodenberry. El público se adentra en las diferentes etapas de la creación de una de estas series. La exposición se inicia con un video tributo al creador de la serie a cargo de sus hijos.

Los héroes y villanos se enfrentan también en la exposición: el uniforme de Spock, Uhura o el de la reina Borg comparten protagonismo con maquetas de las cabezas de razas como los Klingons, Borgs, Romulanos, Ferengis o Vulcanos.

Además se han expuesto guiones de algunos de los capítulos de la serie, carteles de las películas y un mural con diseños de las distintas etapas de la saga, dispuestos en una línea temporal de la historia narrada a través de los cuadernos de bitácora de los capitanes de la flota estelar.

Para horarios, precios, y demás información: http://www.cac.es/museo/exposiciones/ficha/?contentId=115553


J. Javier Arnau

ORGANIZAR UNA HISPACON -Por José Vicente Ortuño

Supongo, y no creo hacerlo yo solo, que todos nos hemos preguntado, por lo menos en alguna ocasión cuando vemos algún evento social importante: ¿cómo consiguen realizarlo los organizadores? ¿Cuál es la forma en que se consigue llamar la atención de la gente? Y el dinero, ¿de dónde sale el dinero para ello? Luego también está el asunto, no menos importante: ¿cómo consiguen que se involucren en el acto personas o personajes destacados que atraigan la atención de más visitantes? Pues bien, a todo esto nos responde de manera inteligente, a modo de entrevista, José Vicente Ortuño, uno de los organizadores de la Hispacon 2010, se celebrará en Burjassot, Valencia.
Jorge Maqueda

ORGANIZAR UNA HISPACON - José Vicente Ortuño

¿Cómo se organiza una Hispacón?
—Muy fácil: “Con mucha ilusión”.

Pero no sólo con ilusión se consiguen las cosas...
—No, hace falta trabajo, mucho trabajo. Los componentes de la Asociación Valenciana de Anticipación hace tiempo que trabajamos juntos como Junta Directiva de la AEFCFT y funcionamos muy bien en equipo. El trabajo no nos asusta.

¿Os costó mucho encontrar una sede?
—No. Por suerte el Ayuntamiento de Burjassot siempre está dispuesto a patrocinar actos culturales. Por desgracia, a causa de la crisis, sólo nos prestan las instalaciones. Nada de dinero.

Entonces, ¿de dónde sacáis los fondos para hacer frente a los gastos?
—En principio con la aportación la AEFCFT, aunque esperamos recibir más de algunos promotores, que todavía no puedo desvelar, no sea que se gafen.

En cuanto a los Invitados de Honor, con qué criterio los elegisteis.
—Somos valencianos. Estamos en Valencia. ¡Qué mejores invitados que los valencianos más célebres dentro del género fantástico! Lo curioso es que, cuando comenzamos a contactar con ellos, no esperábamos que aceptasen todos, sin embargo, lo hicieron y con mucho entusiasmo. ¡Es genial!

¿Cómo se os ocurrió invitar a Khristo Poshtakov?
—En principio cada uno aportamos todos los nombres de escritores europeos que se nos ocurrían. Al final elegimos a Khristo Poshtakov porque es un buen amigo mío. ¿Sabías que tiene familia en España y habla castellano perfectamente? Es una de esas personas que le escuchas contar cosas y jamás te aburres. Un tipo genial.

¿Qué apoyos habéis recibido por parte de la gente del fandom?
—Colaboran con nosotros varias asociaciones: Federación Española de Fantasía Épica, Catacumba, Sociedad Tolkien, Asociación de Ilustradores Valencianos... Creo que se me olvida alguna...

Cuéntame alguna de esas sorpresas que estáis preparando.
—El Pack de Bienvenida será estupendo, contendrá cosas muy originales e inesperadas. Además, en el Festín en Moss Eisley se podrán degustar manjares traídos de todas partes de la galaxia, ¡y algunas cosas se podrán llevar de recuerdo! Por otra parte en la Cena de Gala también habrá alguna sorpresilla, además de los ganadores de los premios, claro. Si fuera tú, no me lo perdería.

¿Cómo me convencerías para que asistiera a la Hispacón 2010.

—Sólo hay que echarle un vistazo al 3º Informe de Progresos en nuestro blog (www.hispacon.org) para darse cuenta que es imprescindible para todo aficionado asistir a la Hispacón 2010. Por la calidad de las conferencias y exposiciones. Por las mesas redondas, en las que participarán autores actuales y algunos de los veteranos que nos hicieron soñar con sus “novelas de a duro” en los años 50 y 60.

Vale, ya me has convencido, pero a mi mujer no le gusta el género fantástico y no quiere quedarse sola en casa.
—También hemos pensado en eso. En el Pack de Bienvenida incluimos folletos informativos de las principales atracciones turísticas en Valencia: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el Oceanográfico, el Bioparc, Museos, etc. Hay para todos los públicos, niños y mayores. Incluso te puedes traer a tu suegra y dejarla a vivir con los mandriles del Bioparc…

Gracias. Esa última opción me gusta…

LAS MUJERES QUE MIRAN FIJAMENTE EL RELOJ, Por José Vicente Ortuño

Dedicado a F. y E., con mucho cariño.

Dos funcionarias, con el abrigo puesto y el bolso al hombro, miran el reloj con gesto concentrado, ajenas a lo que sucede a su alrededor, como aisladas en una burbuja invisible. Tras ellas otros funcionarios esperan con ansia que el reloj marque la hora de salir, una hora que parece no llegar jamás.

En general la gente mira los relojes muchas veces al día, la mayoría sólo para saber la hora, algunos como obra de arte, otros como objeto de lujo y, los menos, como máquina de precisión. Sin embargo, para las funcionarias Mariflor y Marimar el hecho de mirar el reloj se ha convertido en arte y ciencia a la vez. El reloj que miran no es una obra de arte del siglo XVIII, ni uno de lujosa marca que podría lucir en la muñeca cualquier ejecutivo. Ellas observan el reloj de fichar de su lugar de trabajo. Un modesto y anodino artefacto de plástico gris, pantalla de cristal líquido bicolor y diseño funcional, que marca implacable la hora de entrada y salida a los funcionarios de la Jefatura de Tráfico.

Las funcionarias miran fijamente el reloj, pero no guardan silencio. Como todo buen empleado público son multitarea y pueden mantener la atención sobre el reloj y, al tiempo, conversar sobre la bisutería de dos euros con la que se adornan, las increíbles gangas que se pueden encontrar en Saldos Canarias y lo mono que le queda a alguna de ellas una prenda comprada en el bazar chino de la esquina.

Hace años que invariablemente se plantan ante el reloj a las 14:28 y lo miran fijamente hasta que marca las 14:30. Sin embargo, ignoran que ese sencillo acto genera unos efectos inesperados y está a punto de desencadenar una ola de sucesos de consecuencias inimaginables. Intentaré explicarlo de forma sencilla…
Cada día, cuando las dos mujeres miran finamente al reloj, lo hacen a 75,4 y 80,7 centímetros respectivamente. Sus miradas convergen en un ángulo de 33,5º de separación, pero con una inclinación este-oeste de 17,3º, a causa de la diferencia de estatura entre ellas. El plano de la pantalla del reloj se alinea en vertical con el eje de la Tierra y en horizontal forma un ángulo obtuso con el plano de la órbita de la Luna...

¿Qué dices, que no comprendes nada? Pues no pongas esa cara de merluza al horno, ¡que deberías haber estado más despierto cuando lo explicaron en los documentales de “La 2”!

El caso es que la convergencia de sus miradas desde esos ángulos en concreto, sumado a la microgravedad de las masas de cada una de ellas, genera una singularidad cósmica, un micro agujero negro, cuyo horizonte de sucesos estaría concentrado en un punto del espacio-tiempo del tamaño de un fotón. Las fuerzas gravitacionales y electromagnéticas de este fenómeno, único en el universo, aplicadas al mecanismo del reloj, dilatan el tiempo de forma muy sutil, de forma que, día tras día, los funcionarios que fichan tras ellas pierden el metro por escasos segundos. Al llegar más tarde a sus casas, se tienen que comer la sopa fría, los filetes momificados, la ensalada mustia y el pan duro, lo cual les produce una pésima digestión, que genera gases innobles que tienen que expeler tarde o temprano, destruyendo la capa de ozono y, como efecto secundario, aumentando la radiación ultravioleta y el calentamiento global.

Ajenas a que su acción está llevando el mundo al desastre, las dos funcionarias, con el abrigo puesto y el bolso al hombro, miran el reloj con gesto concentrado. Mientras el mundo se va al carajo, los demás funcionarios perderán el metro una vez más.

El Velo, de El Torres y Gabriel Hernández ( por David Mateo)


Andaba trapicheando el sábado por la tarde en la FNAC con los colegas de la quedada, cuando en la sección de comics di con una novelilla de Dibbuks que me llamó bastante la atención: El velo. En cuanto la hojeé, sentí cierta fascinación por el dibujo de Gabriel Hernández, sucio pero bien definido, lleno de grises y colores opacos que creaban atmósferas muy sugerentes. Y, sobre todo, bizarro. Pero estamos hablando de un bizarrismo muy muy siniestro, con imágenes mortificantes para los ojos y paisajes que pasan de lo urbano y cosmopolita a lo rústico y folclórico.

En un primer momento, «El Velo» me transportó a esos días en los que machacaba el mando de la Play Station jugando al Silent Hill y quedaba fascinado por ese mundo que cabalgaba entre lo real y lo macabro. Al final, actué por impulso y pasé por caja.

«El Velo», con guión de El Torres y dibujos de Gabriel Hernández, trata sobre una detective paranormal, Chris Luna, que se dedica a ayudar a los espíritus a curar sus heridas. La historia arranca en una gran metrópolis, pero rápidamente se traslada a un pueblecito llamado Crooksville, lugar donde nació la protagonista y al que tiene que regresar para poner en orden la casa de su tía Emma.

A partir de ese momento, Chris se verá agobiada por un aluvión de complicaciones derivadas de su propia infancia: un accidente de tren, el inicio del sexto sentido, sus problemas para asumir su don, su estancia en el manicomio y una relación un tanto incestuosa con uno de sus médicos. Pero lo más inquietante de la historia no acaba aquí, pues las pesadillas de Chris la llevan una y otra vez a un cubil imaginario donde habita el hombre babosa, una criatura degenerada que parece obsesionada por poner el mundo de nuestra chica patas arriba.

Desde el momento en que Chris arriba a Crooksville se dará cuenta de que algo marcha muy mal en el pueblo y sus delirios con la muerte se disparan hasta recrear otro Crooksville más macabro y sangriento que el que se capta a través de los sentidos convencionales. Allí la muerte no encuentra su añorado reposo y amenaza con traspasar el fino velo que separa la realidad con el más allá.

Una historia impactante que se lee de una sentada, llena de imágenes turbadoras que captan perfectamente la atención del lector. Si estás buscando un comic de terror, no lo dudes dos veces: ‘El velo’ es tu historia.


Editorial Dibbuks
104 págs. Color
 Cartoné
17 x 24 cm.
ISBN: 978-84-92902-08-8
16.- €




Chris Luna es una detective de poca monta con clientes que parecen salidos de un día de difuntos. Chris tiene la capacidad única de ver a través del velo entre nuestra realidad y lo desconocido. Por desgracia, esta habilidad no paga el alquiler. Ahora Chris está desesperada y tiene que volver a su casa de Maine donde se enfrentará a la oscuridad que acecha bajo la superficie de su tranquila ciudad natal.

El Velo fue publicado por IDW en Estados Unidos y elegido como una de las mejores obras de 2009 según Comic Book Resources y San Diego Examiner. Curiosamente fue reseñada en The New Yorker, donde apenas salen tebeos.

El Torres es un colaborador habitual en IDW, donde ha firmado algunas de sus mejores series y, en concreto en ésta, el dibujante Gabriel Hernández nos maravilla con un universo creado perfectamente a la medida de la atmósfera de la historia.

“Estoy enamorada de esta nueva serie de historietas de terror”
-Andrea Walter, The New Yorker

“El cómic más sorprendente del año (…) Torres hace un maravilloso trabajo creando tensión hasta que todo se desata, y el increíble arte de Hernández provoca que todo sea mucho más terrorífico”.
-Greg Burgas, Comic Book Resources

“Los lectores asustadizos deberían tener cuidado con esta historia. Este cómic es una apuesta segura para todos aquellos que disfruten con las buenas historias de horror”.
-Patrick Healy, San Diego Examiner
David Mateo: La Sombra de Grumm http://lasombradegrumm.bl

Piel de fantasma. de Rafael Marín (Publicada por Santiago Gª Soláns)

Grupo AJEC. Col. Albemuth Internacional # 30. Granada, 2010. 235 páginas.

Publicados de forma muy dispersa y hoy prácticamente inencontrables, es toda una oportunidad poder acceder a estos relatos de forma conjunta. Los que el lector va a encontrar en este volumen son cuentos de madurez, de equilibrio, profundamente sinceros, muy literarios, poéticos por momentos, repletos de imágenes y metáforas, de retruécanos, con una intencionada carga política en ocasiones, y donde el autor ha dejado sin duda mucho de si mismo y de sus vivencias ―como en ese Cádiz o ese instituto tantas veces retratados―. Son relatos con un trasfondo mayoritariamente algo triste, cargados de palpable nostalgia incluso cuando tienen un final feliz, impregnados de melancolía, anhelantes de tiempos pasados, de calles recorridas que ya no son las mismas que fueron, de reflejos en el espejo que ya no son hoy lo que se viera ayer...

Empieza la antología con Bibliópolis, toda una declaración de principios. Con un toque muy «borgiano», con una idea recurrentemente explorada con distinto acierto ―antes y después, desde el propio Borges, pasando por Gaiman y su Sandman hasta el más reciente, y posterior, Pozo de las tramas perdidas de Thursday Next―, el protagonista, un escritor que ha perdido su inspiración, viaja en sueños a una biblioteca donde se encuentran aquellas obras jamás plasmadas ―no solo literarias― por sus autores, y allí decidirá «robarse» a sí mismo y copiar los libros que su imaginación podría haber escrito si no le hubieran fallado las musas. Bibliópolis es así una ciudad de mármol depositaria del arte aún no realizado y esta es la historia de una obsesión que persigue la creación literaria como fin sin más objetivo, y enmascara la locura destructora de quien vive tan solo para encontrarse a sí mismo en sus escritos y liberar sus demonios. Es muy emotivo el «cameo» de Robert Capa y su reflexión sobre sus fotografías no realizadas. Un hermoso cuento.

El segundo relato, Ragnarok en las playas de Itaca, también habla, en cierta manera, de la locura y la obsesión. Hace mucho tiempo, los dioses olímpicos fueron perseguidos hasta casi el exterminio por un enemigo implacable en busca de venganza; los pocos supervivientes, con el aliento de su perseguidor en el cuello, eligieron el olvido antes que la extinción y bebiendo nepente olvidaron lo que habían sido. Pero la cacería ha permanecido a lo largo de los años y en nuestros días podría estar llegándose a uno de sus últimos capítulos. Marín juega con maestría con los mitos y las religiones para ofrecer una versión de las epopeyas griegas y de la desaparición de los Olímpicos tal vez algo diferente a la que nos ha llegado a través del tiempo y de la visión de los poetas clásicos. Con gran erudición ―que luego también mostrará en otros campos en una especie de marca de la casa―, el autor aplica sus conocimientos sin pedantería para ofrecer una mirada nostálgica sobre las consecuencias que el inmisericorde paso del tiempo tiene sobre la memoria. Sobra, tal vez, la explicación de los nombres de los protagonistas, evidentes a pocas referencias que se tengan ―sobre todo cuando en el mismo cuento aparecen esas referencias―, es impresionante no obstante cómo hace encajar sus propias piezas en los huecos vacíos del mito para que la toda la trama funcione a la perfección. Destila mucha ironía, cierto cansancio y, tal vez, una aceptación de la rendición ante fuerzas mayores.

Con el tercer relato, Una canica en la palmera, el autor interna a sus lectores en las calles y la historia de su querida Cádiz. Es difícil hablar de este cuento sin destripar una parte demasiado importante del argumento, una parte que a pesar de ser intuida desde bastante pronto de la narración del inicio de la amistad entre dos niños de ocho y siete años respectivamente, Lucía, de vuelta en la ciudad al haber conseguido su padre profesor, por fin, plaza fija allí, y Pablo, que conoce un montón de juegos antiguos y calza unas extraños «zapatos» de esparto, que serán un «espanto», pero al menos son cómodos; una amistad que es mejor que el lector descubra por sí mismo para poder paladear del todo la maestría con la que Marín va desvelando los detalles. Un relato de amor por el pasado, por la infancia que no ha de volver, de nostalgia por unos tiempos quizá más sencillos, con menos prisas, con unos juegos y unos hábitos que no costaban un duro y entretenían en comunidad mucho más de lo que pueda hacer ahora cualquier «comunidad virtual». Se ha quedado, tal vez, un poco desfasado en cuanto a las referencias temporales de la protagonista, las películas y programas citados pertenecen, obviamente, al momento en que se escribió el cuento y a ello hay que retrotraerse. Y en la figura del novio de la tía de Lucía es fácil reconocer a cierto boxeador retirado, al que no nombra aquí, pero que luego protagonizará algún otro relato.

Le sigue, sin abandonar Cádiz, La piel que te hice en el aire, que amalgama en sí, todo el proceso creador, la movida madrileña, el imposible camino de retorno para recuperar el pasado, la difícil tarea arqueológica en busca de aquello que haga recuperar la memoria de lo perdido al crecer, un romance homosexual que debe florecer a escondidas que difícilmente escandaliza hoy en día, pero que en la época y el padre retratados se siente auténtico, las mentiras que se cuenta uno a sí mismo, el dolor de perder arte y amor a un tiempo... El retorno de Enrique Costas como profesor al colegio donde fuera alumno y donde todo, o casi todo, sigue igual y ya nada es como parecía, y en cuyos pasillos casi se intuye la presencia del propio autor en su faceta como docente, en el cariño con que retrata a ese anciano cura que se resiste a dejar la vida y su puesto, y en todas esas generaciones de mozalbetes que se desdibujan en las orlas de cada curso, confundiéndose nombres y caras, aventuras, travesuras y horas de estudio. La fría mirada hacia atrás para tratar de entender cómo se pudieron torcer tanto las cosas, como el destino juega con uno para trastocar los planes y las ilusiones, y como el amor puede matar pero también redimir y entregar un perdón no solicitado.

Con La sed de las panteras Marín traslada la acción tanto espacial como temporalmente, y lleva al lector al Madrid de la Guerra Civil, bajo los bombardeos fascistas, utilizando para su historia a un personaje que protagonizara luego ―o, más bien, antes― un cameo en una obra teatral de Alberti. Es este un relato sobre la barbarie, sobre el genio de Goya, sobre las obsesiones que llegan a convertirse en el único propósito en la vida, sobre la defensa de Madrid y el intento de proteger las obras de El Prado de las bombas indiscriminadas, sobre una pintura que tal vez no exista y que arrastra una extraña maldición para aquellos que dicen que la vieron en alguna ocasión, sobre la poesía y sobre los pintores y su bohemia y su compromiso político a pesar de todo. Sobre el inevitable destino. Incluye una interesante referencia al primer cuento, y al fotógrafo Capa, quien también apareciera allí. Para disfrutar y reflexionar a un tiempo.

Y la acción vuelve a Cádiz en El último suspiro. Una curiosa historia de fantasmas protagonizada por Torre, el boxeador retirado que hizo sus pinitos de detective y vive al borde de un cementerio. Se ve envuelto aquí en la resolución de un antiguo misterio cuando en un solar dela ciudad aparece un cadáver antiguo ―de hace unos treinta años, lo que lo diferencia de los muchos muertos hace la tira de tiempo, fenicios o romanos, o el inevitable sarcófago que aparecen en cuanto se inicia una nueva obra en el suelo de Cádiz―, al que le faltan las caderas. Es obvio que Marín ama profundamente a su ciudad, pero el exceso de modismos, de giros propios de la jerga del lugar de localismo... hace algo indigesto, literariamente, para el que no los comparte, el relato. Si la trama es realmente interesante, el misterio y su resolución fascinantes, la forma de narrarlos se hacen sumamente pesadas, con una prosa innecesariamente enrevesada con un «gracejo» que en pequeñas dosis puede resultar simpático, pero que para todo el cuento resulta algo cargante.

El siguiente Son de piedra, también en Cádiz, plantea cuántas cosas contarían las piedras si pudiesen hablar, cuántas historias guardan las paredes de una casa, cuántos secretos, cuántos dramas y alegrías, cuántos amores y rupturas... Chloe, quien aparece con otro nombre en un relato anterior ―y es que las brujas deben guardar su verdadera identidad― tiene el don, o la maldición, de oír y entender lo que dicen las piedras, los metales o las maderas, y utiliza su capacidad para rescatar la historia de una bruja anterior que habitó en la casa que ella decidió comprar al comprobar que permanecía muda ante su presencia, que no «le hablaba» salvo con la sensación de rechazo que su presencia le provocaba. Una historia de amor trágico, de cómo el destino no debe ser burlado, de culpa y tristeza, y del modo de intentar reparar algo por mucho que sea imposible hacerlo.

Y así se llega a Llena eres de gracia, un thriller que se diferencia notablemente del resto de historias de la antología al alejarse de elementos más «cotidianos» y cercanos al lector español para adentrarse en los entresijos del brazo armado ―y super secreto― del Vaticano y que tantas páginas ha llenado ―de múltiples formas y con mayor o menor acierto― en libros, comics y películas, mezclando de elementos sobrenaturales con otros mucho más mundanos. Ángela de Ory, una monja que en tiempo atrás fuera una afamada modelo de vida más que disoluta, entrará a formar parte de Ora pro nobis, el trio ejecutor de la Iglesia contra el Maligno en cualquiera de sus encarnaciones. Los tres protagonistas deben enfrentar aquí la misión de erradicar el mal allá donde se presenta, lo que les llevará a París y al corrupto mundo de la moda. Es una pena que, en su afán de ofrecer distintos puntos de vista de lo que va sucediendo, Marín deja de alguna manera colgado al personaje del periodista, que parece va a tener muchas más importancia de la que luego realmente tiene en lo que pudiera ser el único fallo importante achacable a este emocionante relato de acción. Los personajes, sobre todo Ángela, con sus dudas y sufrimientos, están estupendamente construidos, debatiéndose entre la incertidumbre de la monja ante su misión y la certeza de sus compañeros. Si la idea de base es algo tópica, no lo es en absoluto su desarrollo. Interesante y entretenido.

Con Volver a Sitges empieza a cerrarse la antología con una serie de relatos mucho más breves que los anteriores. Año tras año una pareja se reencuentra en el festival de cine de Sitges para renovar una amistad que va más allá, incluso, del simple amor. Dos personas que se liberan de su vida cotidiana en esos diez días de películas fantásticas que marcan, o marcaban, otra forma de entender el cine, y que en esta ocasión sabe a despedida, a melancolía por otros tiempos difícilmente recuperables, con ese último toque fantástico que irrumpe como un sueño.

A veces corren es una particular historia de zombis antes de que estos muertos vivientes se convirtieran en el fenómeno literario de moda y eran más «carne» cinematográfica. Una contestación a tanto «contagiado» en contraposición al zombi clásico, muerto y resucitado, que sin embargo sigue atado a sus hábitos; tal vez un homenaje a las películas de George A. Romero, donde los cadáveres sin cerebro perseguían casi arrastrándose, a paso de tortuga, a sus condenadas víctimas con una especie de paciencia inquebrantable que les impedía sacar ventaja en la persecución. Un chiste, en definitiva, una pequeña boutade a costa de la propia mitología del monstruo y de en lo que habría de convertirse posteriormente.

En Sombras de candilejas Marín despliega todo su amor y conocimiento de la figura de Charles Chaplin, por el cine clásico, todavía mudo y en blanco y negro, y por los tebeos, uniéndolo todo en una reflexión sobre el paso inmisericorde del tiempo que impide a los propios protagonistas intuir que los adelantos técnicos van a engullir su forma de vida; que primero el sonido ―tal vez de unos disparos― y luego el color ―puede que de unas perlas ensangrentadas― iban a dar paso a una nueva forma de su arte, donde muchos, incapaces de adaptarse, ya no tendrían sitio. Una fiesta en el antiguo Hollywood es el escenario elegido por Marín para plasmar su particular homenaje a unos actores que hicieron historia al iniciar con paciencia artesanal lo que después sería una «industria», al tiempo que el guiño final merece un auténtico aplauso.

Y para cerrar definitavamente la recopilación That's all right, mama le da al lector, en tan solo una página, un What if? de esos que tanto proliferan en los comics que tanto ama el autor. Un ¿qué hubiera sucedido si...? simpático con la longitud justa para despedir el volumen con una última muestra de erudición curiosa.

Desde luego, estos cuentos, ninguno inédito, pero todos difíciles de encontrar, se merecían una recopilación para encontrarse a disposición de su público. Confieso que solo había leído unos pocos de ellos, así que ha sido todo un placer poder acceder a todos en esta ocasión. Seguramente si Marín se dedicase a otro tipo de Literatura su nombre sería mucho más reconocido, pero yo le agradezco que sea fiel a si mismo y nos ofrezca estos relatos con su elemento fantástico capaces de emocionar y de producir escalofríos a un tiempo. Magnífico escritor y magníficas obras, a las que de alguna forma siento que no he conseguido hacer justicia en mi análisis. Todo un acierto por parte de AJEC el haber publicado este Piel de fantasma.

Rafael Marín posee un estilo preciosista, recargado en ocasiones, casi barroco, pero muy agradable, donde cada palabra y cada signo de puntuación están en su sitio y tienen su razón de ser, plagado de metáforas, de imágenes que se quedan en las retinas del cerebro como si realmente hubieran estado ante los ojos del lector. Cercano al «realismo mágico», la mayoría de estos relatos aprovechan el retrato de lo cotidiano, del día a día más cercano, para introducir un elemento perturbador con un toque fantástico que rompe los esquemas establecidos, situando la lectura en un nuevo parámetro. El autor deja sueltos todas sus filias y sus fobias ―desde Aute a Elvis, del cine al cómic, de su amado Cádiz a un más bien denostado Vaticano, de la Movida madrileña a las luces de Hollywood...― para construir historias perfectamente documentadas. Poseedor de un bagaje cultural asombroso y de una capacidad admirable de transformarlo en tramas, en misterios, en escenarios fascinantes, dueño del pasado y del presente, sin adentrarse en esta ocasión en ese futuro en el que también nos ha deparado grandes aventuras, Marín es capaz de despertar intensas sensaciones al tiempo que muestra las miserias humanas con una mirada tierna y cariñosa, sin duda, pero afilada cual bisturí diseccionador que deja todos los entresijos del alma de los protagonistas al aire para que cualquier lector los contemple y se vea reflejado en ellos. Y muchas veces no es nada agradable mirar bajo la piel y descubrir lo que allí se oculta, no solo fantasmas, sino los secretos que nadie quiere que vean la luz.

Esta reseña fue publicada originalmente por: Santiago (Yago) Gª Soláns, en el Blog Sagacomic
http://sagacomic.blogspot.com/



Cántico por Lebowitz, Walter M. Miller Jr., 1959. (Publicada por Sergio Mars)

En 1961, la ganadora del premio Hugo fue una obra singular, alejada de las modas literarias vigentes en ese momento. Los Hugo (mucho más que los Nebula) son un buen reflejo de las tendencias de la época en que se otorgan. Sin embargo, de tanto en tanto, surge una novela a contracorriente que es tan redonda que supera cualquier favoritismo y se alza (muy merecidamente) con la victoria. Tal es el caso de este fix-up de Walter M. Miller Jr., compuesto por tres novelas cortas, de trama independiente aunque muy fuertemente enlazadas, tanto por el marco de acción (en tres momentos históricos sucesivos) como temáticamente (conformando en su conjunto una estructura lógica única).
“Cántico por Leibowitz” es una de esas escasas obras que tratan la faceta religiosa dentro de la ciencia ficción y, aun más singular, lo hace desde una perspectiva favorable al catolicismo y a sus instituciones religiosas. ¿Queréis que aumentemos las apuestas? Pues no sólo eso, sino que además lo hace huyendo del proselitismo barato (en el que incurre a veces Card con su Iglesia de los Santos de los Últimos Días), del oscurantismo acientífico de obras como “Un caso de conciencia” (ganador el mismo premio dos años antes; difícilmente sería posible encontrar polos más opuestos en todos los sentidos) o de la ridiculización del bando opuesto (actitud en la que incurre la inmensa mayoría de obras antirreligiosas). “Cántico por Leibowitz” examina al ser humano en su dimensión ética, con personajes que defienden una moral, apoyada en principios cristianos, desde la razón (en vivo contraste con algunos ejemplos actuales). Incluso si no se comulgara (nunca mejor dicho) con estos principios, no hay ataque, sino argumentación, y los argumentos, se esté a favor o en contra de ellos, sólo pueden enriquecer una discusión tan antigua como el propio ser humano.
Además de esto, por su profundidad filosófica, la calidad del texto y el dominio de recursos narrativos, “Cántico por Leibowitz” es, juzgando según criterios estrictamente literarios (sin aplicar en la valoración baremos específicos del género fantástico) una de las mejores novelas que jamás haya ganado un Hugo.
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La carrera de Walter Miller es atípica. (Casi) Toda su producción se concentra en la década de los cincuenta, y abarca unos cuarenta relatos de distinta longitud y una única novela, ésta, compuesta en realidad por tres novelas cortas de trama independiente (aunque compartiendo temas, referencias y una evolución común), publicadas originalmente en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. “Cántico por Leibowitz” salió a la venta (serializada) en 1959 y cosechó el premio Hugo de 1961. Desde el principio, supuso un enorme éxito que, paradójicamente, puso punto final a la carrera literaria de su autor. Treinta y siete años después abordaría su continuación (en realidad, una historia intermedia: “San Leibowitz y la mujer caballo salvaje”), pero tras su suicidio en 1996 hubo de ser Terry Bisson quien terminara de pulirla para su publicación póstuma, y no alcanza ni mucho menos el mismo nivel.
Las tres partes de la novela (“Fiat Homo”, “Fiat Lux” y “Fiat Voluntas Tuas”) se corresponden a tres momentos históricos concretos tras un terrible conflicto nuclear que casi acaba con la humanidad (un tema recurrente en los años 50). Los supervivientes, traumatizados por la tragedia, culpan a los políticos por haberlos conducido a aquel horror y a los científicos por haber puesto en sus manos las herramientas que lo han propiciado. La violencia desatada conduce a la persecución de los intelectuales y a la quema de libros (la Gran Simplificación) para purgar todo ese conocimiento. En este contexto Isaac Edward Leibowitz, un científico que participó en la creación de la bomba atómica (no es difícil encontrar en él ecos de Albert Einstein), arrepentido de sus actos, viste sayo, se lo ciñe con una cuerda y funda la orden Albertiana, dedicada a preservar retazos de conocimiento para una época posterior. Esta misión, difícil y peligrosa, se cobra la vida de muchos monjes (contrabandistas de libros), al ser desenmascarados por los fanáticos. Así encuentra su muerte el mismo Leibowitz, ahorcado con su propio cinturón.
Sin embargo, por muy atrayentes que puedan ser estos años (casi todas las historias postapocalípticas se centran en ellos), Walter Miller huye de ellos y comienza su narración seiscientos años después, en la abadía que es la sede de la orden Albertiana de Leibowitz, en el medio oeste americano. El mundo ha entrado en una nueva edad oscura, y los monjes, como antes hicieran sus iguales en el medioevo, se dedican con paciencia a conservar la memorabilia, los fragmentos de conocimiento que han sobrevivido entre sus muros, copiando documentos sin comprender su significado, con la esperanza de que algún día puedan servir para facilitar el camino de retorno a la ciencia de antaño. El hermano Francis, un novicio, está en medio de su retiro cuaresmal, que lo hará apto para entrar en la orden de pleno derecho, cuando tiene un encuentro con un extraño peregrino. A resultas de éste, descubre por azar un viejo refugio nuclear que alberga lo que parecen ser reliquias del mismísimo Leibowitz. Contrariamente a lo que pudiera suponerse, este hallazgo constituye un quebradero de cabeza para el abad Arkos, pues justo por aquel entonces se está debatiendo en la Nueva Sede Pontificia la canonización del fundador de la orden, y un descubrimiento de tales características podría considerarse como demasiado “oportuno”. El fragmento nos habla de prudencia, paciencia y dedicación a una tarea que sin las dos primeras virtudes podría considerarse vana e imposible.
Seis siglos después, la situación mundial ha cambiado. Por fin, tras más de un milenio de oscuridad, se está produciendo un nuevo renacimiento. El poder bascula entre la iglesia y los imperios en potencia, y la ciencia secular ha iniciado el camino de redescubrimiento del saber perdido. Ha llegado el momento en que la memorabilia puede cumplir su función original, pero la situación es tensa y compleja. La confrontación entre religión y estado ensombrece lo que podría haber sido el momento de justificación de la orden. Thon Taddeo, un genio científico, acude a la abadía para estudiar la memorabilia. Su escepticismo inicial pronto se transforma en asombro y luego en un poco de resentimiento, sentimiento este último compartido por los monjes que, después de siglos de almacenar la sabiduría, no acaban de ver con buenos ojos el que se utilice.
Seiscientos años más tarde, el hombre ha completado el círculo y se encuentra de nuevo en posesión del temible armamento nuclear. La orden albertiana de Leibowitz se ha adaptado a los tiempos, recopilando y almacenando el conocimiento. Parece imposible que, siendo inequívocamente conscientes de las consecuencias, los dirigentes repitan los errores del pasado, pero los acontecimientos parecen precipitarse hacia un nuevo holocausto, quizás más terrible que el primero. Existe, sin embargo, un resquicio de esperanza. La colonización espacial se encuentra en sus primeros estadios. Es compleja, dificultosa y arriesgada, pero algunos hermanos podrían llevar consigo la memorabilia a otros mundos donde quizás pudiera pervivir la especie y la cultura humanas. ¿Será tan grande la estupidez del hombre como para condenarse de nuevo a la extinción? Dom Jethras Zerchi, el último abad, no alberga demasiadas esperanzas al respecto, pero se esfuerza por cumplir su misión y mantener sus ideales hasta el último momento.
Quizás lo más destacable de la novela sea el enfoque. Sería de esperar que, dada su temática, Miller optara por una visión panorámica de la gran historia de la raza humana. Sin embargo, al igual que se centra en tres momentos históricos muy precisos, también nos los revela a partir de primerísimos planos de un puñado de personajes, entre los que destacan los tres abades, Arkos, Paulo y Zerchi (un recorrido simbólico de alfa a omega), con sus dudas, su determinación, sus virtudes y flaquezas. Lejos del típico héroe postapocalíptico, son intelectuales y reflexivos, su labor requiere de contemporizar, inclinarse ante la marea de los tiempos que les han tocado vivir, pero manteniendo sus raíces bien ancladas en la memorabilia y su función, porque el conocimiento debe perpetuarse. Junto a ellos, se nos presentan otros protagonistas no menos interesantes: el hermano Francis, humilde, simple y sincero, descubridor de las reliquias del fundador; Thon Taddeo; el hermano Kornhoer, genio intuitivo de la ingeniería aplicada; el doctor Cors, con quien Zerchi disputa sobre la eutanasia; o el misterioso peregrino con el que se encuentra el hermano Francis en su vigilia, que es el único personaje que interviene en todos los fragmentos.
Como no podía ser de otro modo (la inspiración para la escritura de “Cántico por Leibowitz” provino de la participación del autor en el bombardeo del monasterio benedictino de Monte Cassino durante la Segunda Guerra Mundial), la novela es en última instancia pesimista (como buena parte de la literatura anticipativa de la guerra fría). La estructura cíclica de la historia, que nos aboca a la autodestrucción, también es un aviso. Al dejar para el final el reflejo del presente en que se escribió (un presente que no hemos superado del todo, pues la amenaza de la locura aún pende sobre nuestras cabezas), supone un grito de alarma, que lleva consigo la convicción de que no será escuchado. “Cántico por Leibowitz” no es una lectura ligera y agradable, no provoca la sonrisa (salvo quizás en momentos puntuales), pero es un reflejo muy acertado de lo que significa (para bien y para mal) ser humanos y, en última instancia, es una gran obra literaria, que ningún aficionado a la ciencia ficción, ni en general a la literatura del siglo XX, puede dejar pasar.